Por: Alicia Barceló Grimaldo
Son exactamente las nueve y treinta de la mañana. Estoy parada en plena carrera tercera de Ibagué, pero siento como si estuviera en la mitad de una plaza de mercado ambulante.
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Aquí se puede encontrar de todo y para todos sin discriminación alguna, desde los almacenes de ropa de marca, como el centro comercial Combeima y sitios de comida para gente “pupi”(fino, lujoso), hasta el comerciante de gafas a cinco mil, de minutos a celular, de películas; el vendedor de mangos o las populares estatuas humanas.
En este escenario también se puede ver al personaje que tiene que arrastrarse para vender lotería y de esta forma sobrevivir y llevar el sustento diario para su esposa y sus 4 hijos. Se trata de Néstor Herrera, un tolimense de 73 años al cual he decidido acompañar en su travesía.
Es miércoles 16 de Junio y el día no pinta para nada bien, porque quiere llover, sin embargo Néstor decide continuar con la venta, gritando cada vez mas fuerte: “¡lotería, lotería, loteriaaaa, lleve la Tolima, la risaraldaaaaaa!”
Como si tuviera un par de micrófonos en su garganta y por supuesto sin importar sus limitaciones, sigue arrastrándose como si fuera una escobita humana a la que le corresponde limpiar el centro de la ciudad con sus pantalones desgastados y a punto de romperse en la parte trasera .
Néstor refleja el esfuerzo y el cansancio en su cara pálida y labios rojos que muerde sin compasión, como si cada mordisco le diera impulso para seguir arrastrando sus 73 kilos.
Aferrado a la esperanza
Ha pasado más o menos una hora y aún no ha vendido el primer billete de lotería. Sin embargo, conserva la esperanza de que algo de dinero va a conseguir.
La gente le pasa por los lados y casi por encima, mientras él trata de esquivarla y sigue promocionando su producto con gritos a todo pulmón.
Pero parece que estuviéramos rodeados de sordos o de insensatos, nadie agacha la mirada para verlo, nadie reconoce su esfuerzo, “parece que me confundieran con una baldosa más de las que hay en el piso”, comenta Néstor. Lleno de incertidumbre y con cara de desaliento se me acerca y me pide que nos sentemos un momento en los escalones que están en la entrada de la droguería La Rebaja que queda en la esquina.
Le pregunto si está cansado. Néstor sólo agacha la mirada y con su mano izquierda alisa los billetes de lotería que reposan en sus piernas, mientras me dice:
“El día ha estado muy duro y con este clima peor, es que mire ya quiere llover y así la gente pasa más rápido y es más complicado que me vean”. Me mira por un instante con ojos de niño desilusionado y vuelve a agachar la mirada. Trato de animarlo pero él sigue alisando los billetes y sonriendo con timidez.
La gente pasa y nos mira, pero no compran, ni siquiera preguntan por un número. Ya son las once de la mañana en punto y por fin se acerca un señor, con muy buena presencia, quizás es algún ejecutivo que trabaja por ahí cerca, y pregunta por un número “bonito” de la lotería del Tolima.
A Néstor le saltan las pupilas de alegría y parece que cruzara los dedos para que a este cliente le guste cualquier número, así que le muestra con afán todos los billetes de lotería que tiene, pues ésta puede ser su primer venta del día.
El señor mira uno a uno cada número y al fin compra el 8954.Lo toma y sigue su recorrido, mientras Néstor, más animado, decide bajar dos cuadras hasta llegar al almacén Vendemas, ya que allí se reúne mucha más gente y tenemos que buscar un espacio en este sitio si se quiere vender algo.
Son las doce y treinta, hora de almuerzo. No pasan más de 10 minutos cuando ya empiezan a acercarse las personas en busca de la lotería, y en menos de una hora Néstor ha vendido tres nuevos números. Parece que están mejorando las ventas, pero las ganas de almorzar no cesan.
Mi reloj marca la una y quince de la tarde y por fin Néstor quiere ir a almorzar. “Señorita que pena con usted, pero si quiere ya podemos ir a comer alguito, lo que su mercé quiera”. Me dice, ahora mucho más animado y con una sonrisa que le abarca toda la cara ocultando las innumerables arrugas que tiene como prueba de los años sufridos.
Entonces nos dirigimos al asadero Kokoriko que queda en la misma carrera tercera. Caminamos a paso corto pero seguro, ya que para Néstor no es muy fácil movilizarse por su estado de salud. Le toca arrastrarse.
Una vez en la entrada de Kokoriko, me mira un tanto desconcertado y me pregunta: “¿Señorita, aquí es dónde vamos a almorzar? Esto se ve muy caro, la verdad yo nunca he entrado, me da pena con usted.”
Se muerde el labio superior mientras trata de acomodarse el cabello y la camisa un poco rota debajo de la axila izquierda, y que medio lo viste, pues sólo posee tres botones. Se arregla lo más rápido que puede, según él para estar mejor presentado y a la altura. Lo miro y le digo tranquilo: “usted es igual o quizás mejor que las personas que están allí adentro.”
Una vez adentro del restaurante, Néstor se siente un poco incómodo porque le es difícil subirse a los asientos. Entonces decido llamar a un mesero y pedirle el favor de ayudarlo a sentarse, lo cual le transforma la cara de desespero.
Una vez terminado el almuerzo, Néstor sale con más ánimo y vuelve a su sitio de trabajo, no sin antes agradecerle a Dios por la comida e implorar su bendición, para vender muchísimo más y llevar para el “diario” a su casa.
“Si vendo harto, puedo llevarle a mi mujer y a mis hijos para los huevos , el arroz y otras cositas, más o menos pá dos días, yéndome bien, sino solo me alcanzaría “pál diario,” me dice con un tono de preocupación, mientras observa a las personas que pasan por su lado y que parecen gigantes, viéndolas desde su perspectiva.
Pasa una hora y el ruido de los carros aturde a los transeúntes. A esto se le suman las voces de los vendedores ambulantes. De los almacenes también sacan sus bafles con música de toda clase para llamar la atención y opacar sin querer la voz suave y ya casi sin alientos de este Néstor.
Pero él no se deja abatir y decide continuar. Al parecer nadie trajo plata para comprar lotería o quizás ya nadie cree en la suerte, porque la gente no quiere comprar ni siquiera una fracción, así que todo parece acabar así, por lo menos por hoy.
Ya son las seis de la tarde y Néstor decide marcharse a su hogar con cara de desaliento e incomprensión. Se echa la bendición y de un momento a otro mientras continua el camino hacia su casa, lanza otro grito promocionando su producto:
“Lotería, la Risaralda, la Tolima, llévela por tan solo 2.500 la fracción y 5.000 el billete, llevelaaaaaaaaa” como un … por si acaso.


